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Por sexta edición consecutiva, los programas MArch han podido contar con la presencia del reconocido fotógrafo Juan Rodríguez.

Juan Rodríguez, comenzó su actividad fotográfica con tan solo 16 años, compaginando su afición con estudios de Arquitectura hasta que en 1984, la fotografía se convirtió en su única dedicación.

Aunque está especializado en fotografíar arquitectura, también realiza numerosos trabajos profesionales en campos como el de la moda o la publicidad, su labor de investigación queda plasmada en numerosas exposiciones en Europa, Norte y Sudamérica y sus imágenes se editan en múltiples publicaciones.

Desde el 23 de Noviembre del 2018 hasta el 12 de Enero del 2019, ha tenido lugar en la ciudad de Oporto, en el Espacio Jhannia Castro, la exposición “Nowhere”.

 

Juan Rodríguez. “Nowhere”

El viaje es algo absolutamente consustancial a la fotografía, es algo que forma parte de ella desde que en sus primeros instantes aquellas personas que la inventaron percibieron la posibilidad de aunar a sus ansias de conocer el mundo el poder capturarlo fielmente, sustituyendo así la tarea de describirlo con palabras, con el dibujo o con la pintura.

Podríamos decir que el impulso de viajar arraigó en el ser humano desde que tomó conciencia de sí mismo, desde que supo que no podía permanecer inmóvil en el mismo lugar, bien por necesidad o bien por simple curiosidad, y a la vez podría decirse que la pulsión de tenerlo en sus manos nació junto con la propia fotografía.

Con el tiempo la fotografía no sólo se ha constituido en un instrumento de aprehensión del mundo sino también en un útil que ha permitido que lo podamos dibujar, pintar o escribir realizando así una pirueta que vendría a permitir que ella misma terminara haciendo aquello que pretendidamente venía a sustituir para, de este modo, perder su atributo inicial de representar fidedignamente la realidad y convertirse en un artefacto de creación de lo real a través de la ficción, la narración, el relato o la alegoría y así, finalmente, convertirse hoy en una herramienta con la que describirnos a nosotros mismos y con la que explicar nuestro entorno, como una forma de lenguaje que admite todo tipo de suerte, de estilo y de técnica.

Hay viajes que se hacen con un destino final, otros se hacen sabiendo que tarde o temprano se llegará a algún lugar, o también los hay que son de ida y vuelta. Sin embargo, en algunas raras ocasiones, no solamente se trata de partir o de llegar a algún sitio o a algún lugar sino que simplemente se trata de salir con rumbo a lo ignoto, a lo desconocido, hacia aquello que aún no sabemos que existe, que está por descubrir, tal vez aquello que intuimos y que nos perturba el alma por tratar de conocerlo. Normalmente ese tipo de extraños viajes no tienen fin, percibes que un día sin saber cómo ni porqué lo iniciaste, pero no conoces cuando acabará.

Siempre se ha pensado que para viajar no hay más que tomar un camino, y la vida actual nos ofrece tantos y tan variados que es muy fácil encontrar alguno que seguir que nos conduzca allá a donde deseamos ir. No obstante existen algunas personas – como Juan Rodríguez – que no se interesan por coger un camino, que prefieren ir construyéndolos y creándolos sin saber muy bien a dónde le llevarán, sabiendo, en todo caso, que se tratará de un viaje a ninguna parte, sin un destino, sin rumbo, con la mochila al hombro cargada de la esperanza de encontrar aquello que pueda justificar la partida.

La obra fotográfica de Juan Rodríguez es un vasto y amplio periplo que le lleva en un trayecto perpetuo de lugar en lugar, de ciudad en ciudad, de país en país, es esencialmente la obra de una persona cuya vida se ha convertido en un viaje, la de alguien que se ha transformado en un nómada de la imagen y que, de forma incansable, trata de hacer tangible lo desconocido, de hacer evidente lo casual, de convertir en certeza lo espontáneo, de dotar de equilibrio al doloroso caos en el que el mundo se ha convertido.

Sus imágenes adquieren la forma de sutiles trazos que nos narran nuestra existencia y nuestra frágil presencia en el mundo difuminando nuestra noción de la realidad, descifrando leves diferencias que acaso nos permitan identificar lo que vemos para después transportarnos a un universo cercano a la poesía.

La creación fotográfica de Juan Rodríguez es una permanente lucha contra la capacidad indiciaria que se le atribuye al medio, esa especie de relación irreductible entre el referente y la imagen, aunque no nos equivoquemos en realidad él no busca certificar la existencia del viaje sino todo lo contrario, rechazarla.

No resulta fácil construir una obra así, no resulta sencillo tratar de encontrar el pliegue de la vida en cada paso que das, de hallar un momento de paz en medio del estruendoso ruido con el que vivimos día a día, de descubrir la sencillez en medio de la total complejidad, de resaltar lo simple de nuestra naturaleza en medio de la confusión de nuestra presencia en el mundo.

Un día dije de él que se trataba de un gestor de momentos presentes, y hoy he de decir que se ha convertido en el notario de la sublime armonía que se encuentra cuando nuestra alma descubre en un fugaz destello el propósito de su existencia, una armonía nada fácil de hallar, esquiva, huidiza, tal vez temerosa de nosotros mismos y de nuestros actos pero que a buen seguro podemos encontrar en sus imágenes y en su obra fotográfica, en las imágenes de ningún lugar pero que son todos los lugares, de ninguna ciudad pero que son todas las ciudades, de ninguno de nosotros pero que somos todos los seres humanos.

Resulta imposible no sentirse seducidos por sus imágenes, por su capacidad para no ofrecernos ninguna constatación, ninguna certidumbre, por su disposición a despertar nuestra curiosidad de saber de quién se trata, de en dónde y en qué sitio estará la persona o personas que contemplamos, para reclamar nuestros sentidos en la percepción de ese inamovible instante en el que parece que todo va a acontecer o que todo ya ha sido.

Juan Rodríguez continúa con su viaje a ninguna parte, hacia el hallazgo de aquello que solamente es posible reconocer cuando se encuentra, no dejará nunca de ser un nómada de la imagen, un viajero que de cuando en cuando nos brindará la posibilidad de ver el mundo mágico que habita en la fotografía

 

 

Francisco González