(Re)PROGRAMACIÓN AMPLIADA Por Martín Olivera |Alumno MArch 18-19

octubre 17, 2018 By Sin categoría No Comments

Emprender un camino de continuidad en la formación profesional es un ejercicio de programación singular y de deseo de crecimiento personal. De profundizar y multiplicar los ámbitos de control en el desarrollo de nuestras actividades.

Programar implica un inicio o la definición de un estado de lanzamiento cero, al menos en una lectura inmediata donde el seteo de una serie de factores dirigen el curso de una acción específica a través de un vector para alcanzar el objetivo; un programa de estudios determinado y un campo de aplicación profesional práctico.

Extremos de inicio y final delimitados con suma claridad donde la anomalía itinerante del ¨re¨ busca corregir el curso sin volver al inicio, lo cual sería confuso y errático porque, aunque intuitivos, ambos son pertinentes desde el pragmatismo que aportan al sistema. Este movimiento de replanteo constante es en sí mismo la distorsión necesaria para ampliar la órbita de acción de partida frente a la emergencia de oportunidades que potencien o trasciendan los resultados esperados a fin de involucrar el recorrido bajo la incertidumbre de un campo de conocimiento novedoso y ajeno.

Es el corrimiento de estado generado a favor de imbricarse en estos procesos itinerantes de formación continua el que proviene de un posicionamiento crítico disciplinar donde las relaciones entre práctica profesional, crecimiento académico e innovación se vuelven indivisibles.

 

 

De las constricciones de especialización singular

Porque el sistema nos plantea dos grandes recorridos posibles y un factor común de convergencia: especialización, (des)especialización y lenguaje. Por un lado, la profundización específica en un nicho de conocimiento que tenderá a ser hermético y dependiente, o autosuficiente, si es que ambas manifestaciones de la especialización profesional no convergen en la interpretación de su funcionamiento como sinónimos.

Los campos de especialización, o la formación de expertos en temáticas singulares que orbitan sobre un eje propio, donde las habilidades adquiridas narran capacidades de una manipulación endogámica sobre el proyecto en cuestión y aquellas relaciones interdisciplinares o ajenas que tienden a contactarse de forma cada vez más tangencial reclaman profesionales formados en un campo de gestión inclusiva capaz de generar acuerdos de ensamble y negociación.

Es entonces donde aquellos que tienden a formarse en perfiles que responden a esta necesidad, cada vez más presente, componen el segundo recorrido de formación, que es (des)especializado y difuso, e interpreta un lenguaje singular compatible en todas direcciones. Porque si todos manejamos lenguajes específicos entonces no manejamos ninguno y esa brecha sería incompatible en todo sentido.

Es en definitiva competencia de estos articular los diferentes ámbitos específicos para lograr una gestión efectiva que consolide, con perspectiva periférica, las complejidades de los proyectos contemporáneos bajo un producto único.

De las porosidades individuales

Exponerse a estos agentes de cambio también es ser permeable, es trabajar la capacidad de resiliencia para abastecerse del impacto cultural que supone la formación continua en un entorno globalizado. Las singularidades propias de la formación individual de cada integrante en su territorio de origen hacen que sea necesario despojarse de muletillas y barreras endémicas a favor de construir contenidos más complejos en cuanto a desarrollo e interpretación proyectual.

Los contenidos propios de la didáctica planteada perfectamente pueden ser catalizados por las construcciones sucesivas, que las diferentes ideologías disciplinares irán multiplicando hasta lograr que estos migren a un estado de densidad mucho mayor. Esa predisposición individual parece ser clave para solidificar la experiencia y acoplarse a la sinergia que la propia dinámica MArch propone.

Del proyecto colectivo

La idea de proyecto es una abstracción tan disciplinar que es difícil explicar fuera de un aula de arquitectura, aunque esté anquilosada en nuestro lenguaje cotidiano y sea parte indivisible de nuestra forma de mirar el mundo. El proyecto bien puede ser una vivienda unifamiliar o las direcciones de ordenamiento territorial para una región, la presentación de una temática específica o la lista de compras del supermercado.

Todo es, o, mejor dicho, todo puede, perfectamente, ser proyecto. Y entonces resulta intuitivo cuestionarnos: si todo proceso de desarrollo intelectual puede ser entendido como proyecto, ¿dónde están los límites de su alcance? ¿Dónde empieza, dónde termina? O en todo caso, ¿es pertinente hablar de límites y de alcance cuando nos referimos al mismo?

Porque el conjunto de abstracciones que incorporamos para generar axiomas de base y conceptualizaciones provienen de universos, como mínimo, lejanos al que daremos respuesta con el proyecto: literatura, gastronomía, artes escénicas, fútbol, etc. Todos en cierta medida nutren y se nutren de estos imaginarios latentes que son capaces de cristalizar en un proyecto formalizado cuando menos lo esperamos; y en tal caso ¿de quién es el proyecto?, quizás de todos o de ninguno.

Si pensamos en la exposición Alfaro Siza – ideas encontradas, que interpreta las similitudes en la producción de dos autores desconocidos entre sí pero que acuden a una formalización conjunta, de desarrollo absolutamente paralelo, pero de particular convergencia conceptual como si las ideas hubieran estado ¨allí¨ disponibles al acceso de ambos, encontramos un patrón de abstracción consensuado que responde a un ¨proyecto común¨.

O las ideas de Mario Levrero sobre la literatura y los textos como producto colectivo, coyuntural, propio de un tiempo y de inquietudes establecidas por la propia cultura contemporánea donde el artista visualiza y genera los vectores de recorrido y descarga de los contenidos que están suspendidos en una ¨nube virtual¨ donde habitan, hasta llevarlo al papel. O el MArch con dieciocho nacionalidades operando sobre los mismos contenidos durante el próximo año.

Y de nuevo, esa idea de proyecto soslayando la condición del mismo a una conciencia colectiva, una construcción en conjunto que puede ser recopilada en simultáneo sin siquiera generar acuerdos de fondo que lo articulen, donde la falsa noción de comienzo que rige en la nomenclatura de un proyecto ya no debería ser entendida como tal, sino como continuación, adición, sumatoria o sinergia de otros procesos que ahí ya estaban presentes formando el cuerpo de datos que posteriormente devienen en el mismo.

De la geología MArch

¿Cuán denso es el espesor que la compone y que tan seccionado puede llegar a presentarse? ¿Cuáles son los campos de desarrollo que la (des)especialización MArch nos ofrece? ¿cuáles itinerancias será capaz de desplegar sobre los procesos de formación continua específica y sobre los grupales que componen el proyecto colectivo? ¿es posible generar una trazabilidad de la producción como colectivo? ¿MArch?

¿Necesitamos estas respuestas? ¿O habrá que dejarse arrastrar por la inercia del colectivo para (re)visitarlas dentro de un tiempo?

 

Martín Olivera

Alumno de MArch  18-19